Rudolf Steiner - 1886


PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN DE 1923

 

Escribí esta Teoría del Conocimiento de la concepción Goetheana del mundo a mediados de los años ochenta del siglo XIX. En mi alma vivían entonces dos actividades de pensamiento. Una de ellas se había dirigido hacia el quehacer de Göethe y pretendía sacar a la luz la concepción del mundo y de la vida que se revela como móvil impulsor de ese quehacer. Me parecía que en todo lo que Göethe nos ofreció en su actividad, en su vida y en sus observaciones regía lo humano puro y pletórico. Sólo en Göethe me parecía ver la certidumbre interior, la unidad armónica y el sentido de realidad en relación con el mundo. De esta convicción había de surgir el reconocimiento de que el modo en que se comportaba Göethe con respecto al conocer también brotaba de la esencia del hombre y del mundo. Por otro lado, mis pensamientos vivían inmersos en las concepciones filosóficas sobre la esencia del conocimiento existentes en ese momento, y como en ellas el conocimiento humano amenazaba con quedarse encarcelado en la propia entidad del hombre. Otto Liebmann, el ingenioso filósofo, había declarado: "La conciencia del hombre no puede salirse de sí misma, ha de permanecer encerrada en sí misma. Lo que hay como verdadera realidad fuera del mundo que ella se forma en sí misma, es inaccesible a su conocimiento." En brillantes escritos expuso Otto Liebmann esas ideas aplicadas a las más diversas esferas del mundo empírico del hombre. Johannes Volkelt había escrito sus libros sobre "la Teoría del Conocimiento de Kant" y sobre "la Experiencia y el Pensar". En el mundo que le viene dado al hombre no veía más que un conjunto de representaciones que se entretejen en la relación del hombre con un mundo, desconocido en sí mismo. Si bien admitía que en la vivencia del pensar se muestra una necesidad, cuando éste interviene en el mundo de las representaciones. Que en cierto modo uno siente como si el mundo de las representaciones se abriera paso hacia la realidad cuando el pensar entra en acción. Pero, ¿qué se conseguía con eso? Uno se sentía justificado a establecer juicios con el pensamiento que dijeran algo sobre la realidad; pero con esas conclusiones uno permanece del todo en el interior del hombre; nada penetra en él de la esencia del mundo.

Eduard von Hartmann, cuya filosofía fue de gran valor para mí, sin que pudiera reconocer sus fundamentos ni resultados, se situaba en la cuestión epistemológica en el mismo enfoque que Volkelt había expuesto tan detalladamente.

Por doquier existía la aceptación de que el hombre, con su capacidad de conocimiento, choca con ciertas fronteras de las que no puede salirse para penetrar en la región de la verdadera realidad.

Frente a todo ello, se erguía ante mí el hecho íntimamente vivenciado y reconocido en la experiencia, de que el hombre, si profundiza suficientemente su pensar, vive gracias a él en una realidad universal de índole espiritual. Yo consideraba estar en posesión de ese conocimiento que es capaz de permanecer en la conciencia con la misma claridad interior que la que se manifiesta en el conocimiento matemático.

Ante esa certeza, no se sostiene la opinión de que existieran esas fronteras o límites del conocimiento que las tendencias de pensamiento descritas creían estar obligadas a constatar.

En todo esto influía en mí una tendencia mental que se superponía a la Teoría de la Evolución entonces en boga. Una teoría que en Haeckel había adoptado formas que no tenían en cuenta para nada la existencia y la acción independiente de lo espiritual. Lo posterior y perfecto había de surgir a lo largo del tiempo de lo anterior e imperfecto. Eso me parecía evidente en lo relativo a la realidad sensorial exterior. Pero yo conocía sobradamente lo espiritual autónomo, autosuficiente e independiente de lo sensorial, para plegarme a la razón del mundo de los fenómenos exteriores. Había que tender un puente entre ese mundo y el del espíritu. En el curso temporal considerado desde el punto de vista sensorial, el espíritu humano parece haberse desarrollado desde un estado anterior no espiritual.

Pero si se reconoce adecuadamente lo sensorial, éste nos muestra por doquier que es manifestación de lo espiritual. Ante ese correcto conocimiento de lo sensorio comprendí que sólo podía admitir "fronteras del conocimiento", como entonces se planteaban, quien se confronta con lo sensorial y lo trata como alguien que, ante la hoja impresa de un libro sólo dirigiera su atención a las formas de las letras y al no saber leer no tuviera ni idea de lo que subyace en esas formas.

Mi mirada se veía encauzada hacia el camino que conduce de la observación sensorial a lo espiritual que se me confirmaba en mi vivencia cognoscitiva interior. No buscaba mundos atómicos carentes de espíritu detrás de los fenómenos sensoriales, sino lo espiritual que aparentemente se manifiesta en el interior del hombre, pero que en realidad forma parte de las cosas y procesos sensoriales mismos. Por la índole de la acción del hombre cognoscente parecería como si los pensamientos de las cosas estuvieran en el hombre, cuando en realidad están rigiendo los objetos mismos. El hombre necesita separarlos de las cosas y tener de ellos una vivencia aparente; luego en la verdadera vivencia cognoscitiva los restituye a las cosas.

Así pues, en la evolución del mundo habría que considerar que lo anterior que carecía de espíritu, y a partir de lo cual se desarrolla más adelante el espíritu humano, corría paralelo a la presencia de lo espiritual fuera de él. El posterior aspecto sensorial espiritualizado en el que aparece el hombre, se produce gracias a que el antecesor espiritual del hombre se une con las formas imperfectas carentes de espíritu y, transformándolas, aparece él mismo en forma sensible.

Estas consideraciones me hicieron trascender a los epistemólogos de aquella época, cuya agudeza y sentimiento de responsabilidad científica yo reconocía plenamente. Y así desemboqué en Göethe.

Hoy he de reflexionar sobre mi lucha interior de aquellos tiempos. No se me hizo fácil superar los razonamientos de las filosofías del momento. Pero la estrella que me guiaba fue siempre el reconocimiento surgido de mi experiencia de que el hombre, como espíritu independiente del cuerpo sosteniéndose interiormente, puede contemplar un mundo puramente espiritual.

Antes de emprender mis trabajos sobre los escritos científicos de Göethe y de redactar esta Epistemología, escribí un pequeño ensayo sobre el atomismo, que nunca llegó a imprimirse. Un ensayo que estaba orientado en esta misma dirección. Recuerdo la enorme alegría que me produjo cuando Friedrich Theodor Vischer a quien había enviado el ensayo, me hizo llegar algunas palabras de aprobación.

Más adelante se me hizo evidente, gracias a mis estudios de Göethe, cómo mis ideas llevaban a considerar la esencia del conocimiento de un modo que en el quehacer de Göethe y en su actitud frente al mundo aparece por todas partes. Descubrí que mis puntos de vista provocaban una Teoría del Conocimiento que era idéntica a la visión Goetheana del mundo.

Allá por los años ochenta del siglo XIX, Karl Julius Schröer, mi maestro y paternal amigo, a quien mucho le debo, me recomendó para que escribiera las introducciones a los escritos científicos de Göethe para la "National Literatur" de Kurschner y que me encargara de su publicación. En esa labor pude seguir la vida cognoscitiva de Göethe en todos los campos en los que actuó. Y cada vez se me hizo más evidente el hecho de que mi propia concepción me situaba en una Epistemología de la visión Goetheana del mundo. Por esa razón escribí esta Teoría del Conocimiento mientras realizaba esos trabajos.

Al volver a contemplarla hoy, se me presenta como la demostración y la fundamentación epistemológica de todo lo que más tarde he dicho y he publicado. Habla de un proceso cognoscitivo que abre el camino que conduce del mundo sensorial al espiritual.

Tal vez parezca extraño que este escrito de mi juventud, que se publicó hace ya cuarenta años, vuelva a publicarse hoy sin sufrir modificaciones, aunque lo amplíe con algunas notas complementarias. Y es que en la forma de exponerlo conlleva los rasgos de mi pensar adaptado a la filosofía de aquel tiempo. Si hoy volviera a escribirlo, diría algunas cosas diferentes, pero no podría añadir nada a lo dicho sobre la esencia del conocimiento. Lo que hoy escribiría, por otro lado, no mostraría tan fielmente los gérmenes de mi concepción espiritual del mundo que he venido postulando. Sólo puede escribirse de ese modo germinal cuando se está en los inicios de una vida cognoscitiva. Quizás por eso es bueno que este escrito de juventud vuelva a publicarse de forma inalterada. Las epistemologías existentes en la época en que se publicó por primera vez han encontrado su continuidad en otras posteriores. Lo que he de decir al respecto lo expresé en mi libro "Los Enigmas de la Filosofía", que aparece simultáneamente en la misma editorial. Lo que una vez redacté como Teoría del Conocimiento de la visión Goetheana del mundo en este pequeño escrito, me parece tener hoy en día la misma vigencia que hace cuarenta años.

Rudolf Steiner
Goetheanum, Dornach
Noviembre de 1923